julio 21, 2009

El beso en la Biblia

Los besos de Jonatan y David

Milton Acosta, PhD

Un latinoamericano (exceptuando los argentinos) lee esto de los besos de David y Jonatan (1S 20:41) y tomará una de dos reacciones: si es un homosexual o alguien de avanzada dirá “¿y qué tiene de malo? ¡Deje los prejuicios!” Si no lo es, dirá: “¿y estos tipos qué? Eso está como raro.”

Lo anterior es un pequeño ejemplo de lo que ocurre con la lectura de la Biblia; la leemos desde nuestras presuposiciones. No puede ser de otra manera; sólo podemos leer así. Sin embargo, el lector debe cuidarse de violar el texto. Si bien la subjetividad es inevitable, no estamos condenados al subjetivismo, por muy de moda que esté y por muchos nombres sofisticados que se le pongan en inglés o francés: “reader-response criticism”, “différance”, “deconstruction”. Resulta chistoso ver a los defensores de estas ideas hablar de sus malos intérpretes.

Otro ejemplo: Si un juzgado por medio de una sentencia le impone a un padre irresponsable una suma mensual para pagar la manutención de los hijos que abandonó, ese padre no es libre de interpretar el documento a su antojo. Mientras interpreta los hijos se mueren de hambre. Las autoridades lo sacarán de dudas con un embargo o una encarcelada y le preguntarán: “¿qué fue lo que no entendió?”

Los libros de la Biblia se escribieron desde una cosmovisión y cultura específicas, en circunstancias históricas concretas, para personas reales en situaciones de vida particulares. No siempre es posible determinar cada cosa con exactitud, pero esa es precisamente la tarea del intérprete: ir más allá de la mera intuición. Llegar a la Biblia es como llegar a otro país. Hay costumbres comunes, otras sospechosas y algunas que no entendemos. Uno no se da cuenta de eso con la Biblia porque la lee traducida; lo entiende todo (piensa el lector) y no escucha ningún acento, porque él mismo es el que lee. Pero cuando uno está en otro país, especialmente si allí se habla otro idioma, notará diferencias: observará que en un país la gente en el tren no te mira, en el otro te miran demasiado; una mujer se ofende si un hombre le abre la puerta, otra si no se la abre; en un país la gente religiosamente respeta las señales de tránsito, en otro no existen o se ignoran por completo; cuando comen, unos eructan en señal de satisfacción, otros casi ni mueven la boca; hay gente que en vez de hablar grita, a otros ni se les oye cuando hablan; hay países donde los hombres se saludan de beso, en otros apenas le dan a uno la puntica de los dedos. Eso es la cultura. El extranjero no puede asumir mucho ni criticar tanto.

Es muy distinto ver dos hombres saludarse de beso en Londres o San Francisco que en Buenos Aires o en la Biblia. Por cierto, una vez estando en Buenos Aires, me descuidé y un tipo me dio un beso de despedida. En otra ocasión, un africano me agarró la nalga para indicarme que quería decirme algo. A este último casi le pego. Para mí fue una gran ofensa, para él un acto de amabilidad. Ninguno de los dos era homosexual ni me estaba haciendo propuestas. Pero el que ellos lo hagan no significa que yo debo hacerlo. No se trata de un deber moral, sino de una costumbre cultural. Se debe hacer una salvedad. No todo lo culturalmente aceptado es lo mejor ni lo más humano. Hay prácticas culturales nocivas y peligrosas que se deben revisar y cambiar. Por eso toda cultura debe ser autocrítica.

¿Cómo se deben leer entonces los besos de David y Jonatán? Si decimos que David era homosexual, tendríamos que decir más bien que era bisexual pues tenía esposa. No es cuestión de “por qué no” o “esto está raro”; se trata de entender la cultura del beso como ellos la veían. Hay culturas donde el saludo de beso entre hombres cercanos es lo normal. La cultura bíblica es una. Un comportamiento diferente implicaría distancia o rechazo. Es decir, no son raros ni homosexuales.

Finalmente, la última cosa que se le hubiera pasado por la cabeza a los lectores originales para quienes se escribió esta historia, es que David y Jonatan fueran homosexuales. Por otro lado, este es un beso acompañado de llanto. Sería como decir que Blanca Nieves era una prostituta que se acostaba con los 7 enanitos, uno cada noche. Al lector que así lo interprete se le consideraría no solamente un lector incompetente, sino un degenerado. Pero si uno todavía quiere justificar la conducta homosexual con la Biblia, tendrá que buscar otra historia porque esta nada tiene que ver. ©2009Milton Acosta

Continuará . . .


julio 11, 2009

Tan bien que íbamos [3]: Ni esclavos ni libertinos

Milton Acosta, PhD

¿Cuál es la respuesta de Pablo a la relación judaísmo-cristianismo en Galacia? Un escrito en forma de carta donde expone el problema desde el punto de vista teo-lógico: una teología bíblica con una lógica interna. Es interna en dos sentidos: el sentido de su coherencia argumentativa, y con respecto al interior del individuo y su comportamiento. La carta a los Gálatas es tanto una exposición como una invitación a pensar. Por eso la gran cantidad de preguntas retóricas.

Los tres caminos más importantes ante la aceptación del mensaje del evangelio son: 1) en un extremo está el entender el evangelio “demasiado bien” y terminar abusando de la libertad que da la gracia; 2) en el otro está el creer entenderlo y terminar practicando una religión de obras por la incomodidad existencial que produce esa insoportable sensación de no saber si hemos hecho los suficiente para agradar a Dios; y 3) en el centro está el evangelio bíblico de la gracia: Dios nos salva por que nos ama y respondemos de la misma manera. Examinemos por dónde caminamos.

Primero el libertinaje. En realidad no es posible entender “demasiado bien” el evangelio. El tema es el abuso. La libertad trae sus tentaciones naturales. El que se libera de la pobreza con un enriquecimiento repentino muy probablemente se comportará como un mafioso: desmedido en todo; se le ve a leguas que es mafioso (o que se acaba de ganar la lotería): “¡pa’ eso tengo plata!” Así, algunos cristianos convierten la libertad en libertinaje (Gal 5:13; Judas 1:4). Se puede ser esclavo tanto de las normas como del desenfreno. En ambos casos se necesita una cultura circundante de soporte: la ultra-religiosa para el primero y la secularizante para el segundo.

En el segundo camino la gente regresa a las viejas prácticas religiosas, vencido por la presión social (que ya vimos) o a la presión interior. El ser humano, incluyendo los ateos y los delincuentes, es religioso por naturaleza: tiene un deber moral y unos medios para cumplirlo; ambos bajo su control. Cuando estos se salen de su control, como ocurre con el evangelio de la gracia, siente una enorme desorientación interior. La naturaleza humana acompañada de un sub-desarrollo teológico y moral lo jalarán hacia la práctica de las obras. Para el judío del siglo primero eran las obras de la ley. Para los latinoamericanos son las buenas obras, los méritos, los puntos, la rayita en el cielo, el balance celestial. ¿Ha sentido alguna vez que Dios le debe algo o que usted le debe obras a Dios? La gravedad de este asunto radica en que quien se justifica por las obras se separa de Cristo y por tanto se cae de la gracia; cae en des-gracia. Es decir, “la gente no puede ser salva por medio de un evangelio falso.”[1]

La carta de Pablo a los Gálatas nos recuerda entonces que: 1) el evangelio es completo; la salvación se obtiene por los méritos de Cristo; no se le puede sumar ni restar nada a eso; 2) no se debe abusar de la gracia; y 3) la nueva libertad es para servir por amor. “Ser cristiano es una emancipación (Gal 5.1), ser siervo de Cristo es un honor.”[2] Pero esto tiene un costo social, un desafío moral y una inversión vital. Debemos evitar el narcisismo espiritual; cristianismo sin servicio es “espirituculturismo.”

Por todo lo anterior, es absolutamente imperioso que los maestros, los predicadores y todo practicante de la fe cristiana se aseguren de cuatro cosas: 1) entender el evangelio de la gracia; 2) predicar el evangelio de la gracia; 3) acompañar y animar a otros en la práctica del evangelio de la gracia; y 4) hacer público el error y sus promotores.

Quienes estamos dedicados al estudio y enseñanza de la Biblia vivimos una incertidumbre permanente: ¿Cuándo es una doctrina lo suficientemente peligrosa como para que uno deba decir algo? ¿Es posible decirlo sin ofender, sin que nos traten de arrogantes o intolerantes? Tanto Pablo como Jesús tomaron dos opciones: Si se predica el evangelio, ¡adelante! Pero si lo que se predica no es el evangelio hay que denunciar y advertir a los creyentes. Gálatas es un ejemplo de lo segundo. Como dijo el apóstol, “confío en el Señor que ustedes no pensarán de otra manera” (Gal 5:10). Lo falso se denuncia.

©2009Milton Acosta

[1]Wayne Grudem, "Why, When, and for What Should We Draw New Boundaries?," in Beyond the Bounds: Open Theism and the Undermining of Biblical Christianity, ed. John Piper, Justin Taylor, and Paul Kjoss Helseth (Wheaton, Illinois, EEUUA: Crossway Books, 2003), 341.

[2]Luis Alonso Schökel, Nuevo Testamento, vol. 3, Biblia Del Peregrino (Bilbao, España: Ediciones Mensajero, 1997), 426.

junio 10, 2009

Tan bien que íbamos [2]

¿Sábe quién o qué  lo estorba?

Milton Acosta, PhD

 

Gálatas ilustra la experiencia de la conversión individual y grupal desde diversos puntos de vista. Iban tan bien, pero les cayó una avalancha de presiones aplastantes: “Ustedes estaban corriendo bien. ¿Quién los estorbó para que dejaran de obedecer a la verdad?” (5:7). El estorbo para la fe en Jesucristo viene de varias direcciones. Interviene la sociología, la psicología y la teología.

Lo primero es la presión social, cultural y religiosa. Dicho en pocas palabras: la cultura mayoritaria o el grupo al que uno pertenece no acepta fácilmente el cambio ni que alguien sea diferente. La estudiante sobresaliente es “Einstein 2”; el joven casto y honesto es “el santurrón”; el empleado responsable “el lambón”. Por eso, la tendencia de todos es a conformarnos y amoldarnos.

Hay dos ilustraciones en Gálatas. Unos tipos se infiltraron en la comunidad de Galacia para espiarlos y hacerlos volver a las prácticas religiosas anteriores a Cristo. Es posible que algunas de estas personas eran peligrosas (2 Cor 11:26). Pablo mismo había sido un “caza-cristianos” (Gal 1:13–14). Se los llama “espías de la libertad” a los “falsos hermanos” que pretendían obligar a los cristianos a seguir practicando las obras de la ley y así impedirles disfrutar su nueva libertad en Cristo (Gal 2:4). Acusan a Pablo en Jerusalén de ir contra las creencias de los judíos; dicen que Pablo está enseñando “a todos los judíos entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones” (Hch 21:21). La identidad religiosa y cultural moldeada por siglos de historia y mantenida por las instituciones y la presión social se ve ahora amenazada. La reacción de los judíos muestra que son humanos, no que sean peores que los demás.

Algunos adultos nos burlamos de los jóvenes diciendo, por ejemplo, que la definición de adolescentes es: “personas que para ser diferentes se visten todos iguales.” Suena chistoso, pero los adultos también presionamos y somos presionados para vivir, vestir, tener y hablar lo que nuestro círculo dicta. Nos toca esperar hasta los 70 para volver a ser auténticos.

El segundo ejemplo de la presión sociológica en Gálatas está en un desacuerdo de apóstoles. Pablo confronta a Pedro “porque antes de venir algunos de parte de Jacobo, él comía con los gentiles, pero cuando vinieron [los judaizantes], empezó a retraerse y apartarse, porque temía a los de la circuncisión” (Gal 2:12). Para Pablo tal comportamiento es hipocresía contagiosa. Pedro se dejó llevar por la presión y se unió al coro de quienes querían obligar a los gentiles a cumplir con las obras de la ley para ser salvos. Es decir, Pedro bailaba al son social que le tocaban.

Las tradiciones religiosas y sociales antiguas pueden cambiar, pero no sin crisis. La presión social hace que las formas de pensar y de ser se mantengan. Existe  una razón sociológica para ello: garantizan estabilidad social.[1] La conversión implica abandono de muchos órdenes.

¿Y qué le importa a uno la presión social? Sí importa, y mucho. La persona que “se sale” del grupo al que ha pertenecido también corre el riesgo del ostracismo (aislamiento) y la pérdida de privilegios sociales. Ocurre una especie de exilio social sin desplazamiento geográfico.[2] En el siglo primero los judíos temen que los expulsen de la sinagoga (Jn 7:13; 9:22; 12:37–43; 16:2; 19:38; 20:19).[3] Jesús se lo advirtió a sus seguidores (Lc 12:9) porque la presión social es extremadamente fuerte. A la hora de la aceptación y el reconocimiento, los seres humanos tenemos la tendencia a preferir la gloria del hombre por encima de la gloria de Dios. ¿Le suena familiar?   Continuará . . .


[1]Jaques Ellul, What I Believe, trad. Geoffrey W. Bromley (Grand Rapids, Michigan, EEUUA: Eerdmans, 1989), 111.

[2]Donald K. Smith, "Individualism and Collectivism," en Evangelical Dictionary of World Missions, ed. A. Scott Moreau (Grand Rapids, Michigan, EEUUA: Baker Book House, 2008), 487. Como muestra el Nuevo Testamento, ocurre tanto con la conversión de individuos como con la conversión de grupos.

[3]W. R. Telford, The Theology of the Gospel of Mark (Cambridge: Cambridge University Press, 1999), 116. Se podrá debatir la cronología y quiénes tenían el poder para expulsar a quién de la sinagoga en su momento, pero el hecho es que el temor existía porque se hacía. Pero nuevamente, hay que decir que los judíos aquí están procediendo como seres humanos que son.

mayo 29, 2009

Tan bien que íbamos [1]

¡Tan bien que íbamos! [1]

Si ya es libre, ¿para qué quiere ser esclavo?

Milton Acosta, PhD

 

La conversión no tiene reversa. Quien ha conocido la gracia de Dios y humildemente ha reconocido que es pecador y necesitado de la cruz de Cristo, ha tomado una decisión para toda la vida. No puede retroceder jamás ni rendirse nunca. Sin embargo, los cristianos padecen presiones y persecuciones que están en ocasiones determinadas por la radicalidad de la conversión y por la intolerancia de quienes les rodean. Hay presiones de todo tipo: sociales, psicológicas y hasta serias amenazas. Los primeros cristianos fueron presionados en diversos momentos y a veces perseguidos para que no siguieran a Cristo o para que lo siguieran, pero sin abandonar del todo su antigua religión fuera el judaísmo en cualquiera de sus formas o el paganismo, también en cualquiera de sus formas. Un grupo que fue presionado a que siguieran a Cristo, pero manteniendo las normas del judaísmo, fue los gálatas;  por eso Pablo les escribe la llamada Carta del Apóstol Pablo a los Gálatas.

Además de que el asunto reviste unos problemas teológicos y personales extremadamente serios, Pablo está tan sorprendido con el aparente retroceso de los gálatas que varias veces en la carta vuelve al mismo punto, primero con una afirmación un tanto sarcástica y después con una sarta de preguntas: “estoy maravillado” (1:6), “¿quién los ha fascinado?” (3:1) “¿tan insensatos son?” (3:3) “¿tanto sufrir para nada?” (3:4) “¿cómo es que quieren regresar?” (4:9) “¿qué pasó con toda la bendición que experimentaron?” (4:15) “¿quién los estorbó?” (5:7).

Esta forma de escribir, nada improvisada por cierto, ha sido objeto de muchos estudios académicos; se le llama la retórica de Pablo.[1] El análisis retórico quiere averiguar qué estrategias comunicativas usa el apóstol para persuadir a los gálatas para que se den cuenta de algo y para que hagan algo. El tono y la insistencia de Pablo en el rosario de interrogaciones refleja por lo menos cuatro cosas: frustración, confianza, autoridad y amor.

Como nos interesa concentrarnos más en la frustración, digamos primero algo de los tres últimos. Pablo escribe todo lo que escribe porque quiere que sus lectores se acerquen a Dios, que lo conozcan, que no vivan en engaño. Esta carta a los gálatas en particular, también refleja que Pablo tiene mucha confianza con esta gente y que ellos también lo quieren a él (4:12–16). Por eso la carta está llena de tantas notas personales.

Del amor y la confianza nace la autoridad de Pablo hacia los gálatas. No es cuestión de ser apóstol y mostrar todos los pergaminos solamente. De hecho Pablo lo hace cuando tiene que hacerlo, pero en el contexto de una relación de hermanos. En términos humanos muy reales, Pablo ha sufrido mucho por esta gente con tal de que ellos conozcan el evangelio de Jesucristo.

En este contexto de amor, autoridad y confianza es que Pablo expresa sus frustraciones a los gálatas. Y lo hace con vigor, con insistencia, sin ambigüedades y con tono irónico; hasta sarcástico es en algunos momentos. Pero bueno, ¿qué es lo que tiene tan frustrado, perplejo y maravillado al apóstol Pablo? Sencillo: que los gálatas, después de haber experimentado la gracia de Dios para la justificación por medio de Jesucristo, ahora se dejen seducir de gente que dice que hay que practicar las obras de la ley para poder ser justificado delante de Dios. Dicho así parece sencillo, pero en realidad, como veremos, el asunto es bastante complejo.

Continuará . . .
©2009Milton Acosta

[1]Hay muchos otros lugares donde se puede observar las estrategias retóricas de Pablo, en algunos casos con preguntas (Rom 2:17–24; 10:14–20; 1Cor 12:26–31; 13:1–13; 2 Cor 6:15–16; 10:12; 12:16–18; Gal 1:10; 2 Tim 3:1–7). Sin embargo se debe notar que, aunque Pablo se sirve de los recursos provistos por la lengua para argumentar, también afirma que el poder del mensaje del evangelio no está en la sabiduría humana ni en la retórica (1Cor 2:1–15).