septiembre 02, 2009

El humor en el Antiguo Testamento

Ha salido mi libro El Humor en el Antiguo Testamento

Humor en el Antiguo Testamento, El

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Para Colombia:
Editorial Desafío
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Bogota

Detalles del libro:

El autor de este libro propone una lectura atractiva de la Biblia y demuestra que, en las páginas del Antiguo Testamento, el humor está presente en muchos de los relatos no sólo como un recurso literario sino también pedagógico y, por ello, muy efectivo en la comunicación de un mensaje.


Se trata, sin embargo, no de un humor para reírse a carcajadas, sino para provocar la reflexión capaz de conducir a las personas al entendimiento de la voluntad de Dios, quien se da a conocer con toques de humor. Los pasajes investigados proporcionan suficiente argumento para demostrar que en el AT encontramos a un Dios que habla con ternura, gracia e ironía. Es un libro que puede enriquecer la lectura de la Biblia y llevar a un conocimiento más real de Dios.

Contenido:


  • Capítulo 1: Introducción al humor

  • Capítulo 2: De Punt a Saramago

  • Capítulo 3: El humor en el Antiguo Testamento

  • Capítulo 4: El nombre de la risa

  • Capítulo 5: Dos espías secretos en Josué 2

  • Capítulo 6: El secuestro del arca

  • Capítulo 7: De desechos a salvadores

  • Capítulo 8: La historia de Ejud y Englón

  • Capítulo 9: Jonás el bueno

  • Capítulo 10: Humor en el libro de Ester

  • Capítulo 11: El humor en la predicación
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agosto 21, 2009

El beso en la Biblia [2]

Uno para cada ocasión

Milton Acosta, PhD

En la Biblia hay 57 registros de besos. Estamos hablando de los besos en la Biblia, no de besar la Biblia. Los besos ocurren en escenarios diversos: bendición y unción (Gn 48:9–10; 1S 10:1), recepción cortesana (2S 14:33; 15:5), tributo a una divinidad (1R 19:18; Sal 2:12; Job 31:27; Os 13:2), encuentros y despedidas (Rut 1:9, 14). El beso de David y Jonatan es de afecto mezclado con emociones profundas, incluyendo el dolor; así otros: Esaú y su hermano Jacob (Gn 34:4), José y sus hermanos (Gn 45:15).

La práctica de besar objetos de culto es antiquísima. En una situación cúltica, el beso comunica gran reverencia, es sinónimo de “adorar”. Jehú en Israel fue un matón, pero, como el mico sabe en qué palo trepa, en el famoso Obelisco Negro (Museo Británico) aparece postrado en el piso, besándole los pies al Salmanasar III, rey de Asiria. Eso se hace en señal de lealtad cuando se paga tributo (Sal 2:12).

Los besos apasionados también son parte de la cultura bíblica. En el Cantar de los Cantares los amantes expresan su deseo de besarse (Cant 1:2; 8:1; cp. Prov 7:13). También se encuentra en la Biblia el beso del político en campaña. Absalón maquina un golpe de estado contra el rey David, su padre (2S 15:5). Como es costumbre, el político en campaña busca todos los medios para que su potencial seguidor (y víctima a fin de muchas cuentas y cuentos) sienta al político como su igual, como alguien cercano y que lo comprende. Absalón hace tres cosas que se practican hasta el día de hoy: critica el gobierno actual, no permite reverencias, y saluda a todos de besos y abrazos. El método funcionó y sigue funcionando. Curiosamente, David y Absalón se habían reconciliado antes con un beso (2S 14:33).

Como lo atestigua un texto del segundo milenio a.C, “Hubo una ciudad”, los babilonios también se besaban. ¿Se puede imaginar usted la Ley del Talión por un beso ilegal? No conozco evidencia de tal ley, pero conociendo las otras, no es difícil imaginársela mutatis mutandis; le habrían cortado el labio al infractor; si era el superior, el reo quedaba con sonrisa permanente, pero sin poder volver a besar.

Pasando al Nuevo Testamento, Jesús le reclama a un fariseo que no lo besó cuando llegó a su casa; en contraste con la mujer “pecadora” que le besó los pies (Lc 7:45). Jesús les lavó los pies a los doce y uno de ellos le dio un beso traidor. El hijo pródigo es recibido a besos por su padre (Lc 15:20); besos de perdón, bienvenida y reconciliación. Falta que hacen éstos. En la iglesia primitiva se practicaba “el beso de la paz”. Después de la resurrección de Jesús, los discípulos no permitían que les hicieran venias ni se inclinaran ante ellos. La parafernalia alrededor de los ministros se gesta cuando el cristianismo constantiniano se imperializa de la mano de Roma: besar el anillo, inclinarse, hacer la venia, entre otras.[1]

En una ocasión intenté darle un beso de felicitación a una amiga asiática en su grado. Me frenó en seco y me dijo “¡Si me besas tienes que casarte conmigo!” Siendo yo apenas un estudiante universitario y por ende, de pocos ingresos, decidí que era mejor dejar los labios en reposo. Hay otras culturas donde el beso es considerado una porquería. “¡Qué asco!” Así lo ven muchos niños... hasta cierta edad. Y no es para menos; con tanto virus y bacteria, el beso pierde las connotaciones amorosas y adquiere otras mortíferas. Resulta mejor maleducado saludable que amable hospitalizado o cremado. Y si la manera de neutralizar los virus gripales posmodernos es la careta, el beso hasta podría extinguirse. Alguien ha definido el beso como “intercambio de microbios.” Pero para eso hay productos tipo “Baygon bucal” que se usan como antibiótico para el aliento. El ajo es bueno y barato, pero es repelente.

La Biblia habla del beso como expresión cultural de afecto. Sin embargo, en culturas donde tales prácticas son inaceptables, hay dos extremos que se deben evitar: imponer el beso (“si eres mi hermano en la fe tienes que darme un beso y dejarte besar”) y cambiar la traducción de la Biblia (“saludaos unos a otros con un estrechón santo de manos”). Lo importante es la expresión de afecto, no el medio por el cual esta se hace. Si bien la traducción de la Biblia debe ser fiel al texto en forma y contenido, hay otra traducción que hacer, la de la práctica. En cualquier caso, lávate las manos con aguan y jabón.

©2009Milton Acosta

[1]Al emperador romano, por ejemplo, sus súbditos le besaban el borde de su vestido. Hugh Elton, "The Transformation of Government under Diocletian and Constantine," en A Companion to the Roman Empire, ed. David Potter (Malden: Blackwell Publishing, 2006), 199.

julio 21, 2009

El beso en la Biblia

Los besos de Jonatan y David

Milton Acosta, PhD

Un latinoamericano (exceptuando los argentinos) lee esto de los besos de David y Jonatan (1S 20:41) y tomará una de dos reacciones: si es un homosexual o alguien de avanzada dirá “¿y qué tiene de malo? ¡Deje los prejuicios!” Si no lo es, dirá: “¿y estos tipos qué? Eso está como raro.”

Lo anterior es un pequeño ejemplo de lo que ocurre con la lectura de la Biblia; la leemos desde nuestras presuposiciones. No puede ser de otra manera; sólo podemos leer así. Sin embargo, el lector debe cuidarse de violar el texto. Si bien la subjetividad es inevitable, no estamos condenados al subjetivismo, por muy de moda que esté y por muchos nombres sofisticados que se le pongan en inglés o francés: “reader-response criticism”, “différance”, “deconstruction”. Resulta chistoso ver a los defensores de estas ideas hablar de sus malos intérpretes.

Otro ejemplo: Si un juzgado por medio de una sentencia le impone a un padre irresponsable una suma mensual para pagar la manutención de los hijos que abandonó, ese padre no es libre de interpretar el documento a su antojo. Mientras interpreta los hijos se mueren de hambre. Las autoridades lo sacarán de dudas con un embargo o una encarcelada y le preguntarán: “¿qué fue lo que no entendió?”

Los libros de la Biblia se escribieron desde una cosmovisión y cultura específicas, en circunstancias históricas concretas, para personas reales en situaciones de vida particulares. No siempre es posible determinar cada cosa con exactitud, pero esa es precisamente la tarea del intérprete: ir más allá de la mera intuición. Llegar a la Biblia es como llegar a otro país. Hay costumbres comunes, otras sospechosas y algunas que no entendemos. Uno no se da cuenta de eso con la Biblia porque la lee traducida; lo entiende todo (piensa el lector) y no escucha ningún acento, porque él mismo es el que lee. Pero cuando uno está en otro país, especialmente si allí se habla otro idioma, notará diferencias: observará que en un país la gente en el tren no te mira, en el otro te miran demasiado; una mujer se ofende si un hombre le abre la puerta, otra si no se la abre; en un país la gente religiosamente respeta las señales de tránsito, en otro no existen o se ignoran por completo; cuando comen, unos eructan en señal de satisfacción, otros casi ni mueven la boca; hay gente que en vez de hablar grita, a otros ni se les oye cuando hablan; hay países donde los hombres se saludan de beso, en otros apenas le dan a uno la puntica de los dedos. Eso es la cultura. El extranjero no puede asumir mucho ni criticar tanto.

Es muy distinto ver dos hombres saludarse de beso en Londres o San Francisco que en Buenos Aires o en la Biblia. Por cierto, una vez estando en Buenos Aires, me descuidé y un tipo me dio un beso de despedida. En otra ocasión, un africano me agarró la nalga para indicarme que quería decirme algo. A este último casi le pego. Para mí fue una gran ofensa, para él un acto de amabilidad. Ninguno de los dos era homosexual ni me estaba haciendo propuestas. Pero el que ellos lo hagan no significa que yo debo hacerlo. No se trata de un deber moral, sino de una costumbre cultural. Se debe hacer una salvedad. No todo lo culturalmente aceptado es lo mejor ni lo más humano. Hay prácticas culturales nocivas y peligrosas que se deben revisar y cambiar. Por eso toda cultura debe ser autocrítica.

¿Cómo se deben leer entonces los besos de David y Jonatán? Si decimos que David era homosexual, tendríamos que decir más bien que era bisexual pues tenía esposa. No es cuestión de “por qué no” o “esto está raro”; se trata de entender la cultura del beso como ellos la veían. Hay culturas donde el saludo de beso entre hombres cercanos es lo normal. La cultura bíblica es una. Un comportamiento diferente implicaría distancia o rechazo. Es decir, no son raros ni homosexuales.

Finalmente, la última cosa que se le hubiera pasado por la cabeza a los lectores originales para quienes se escribió esta historia, es que David y Jonatan fueran homosexuales. Por otro lado, este es un beso acompañado de llanto. Sería como decir que Blanca Nieves era una prostituta que se acostaba con los 7 enanitos, uno cada noche. Al lector que así lo interprete se le consideraría no solamente un lector incompetente, sino un degenerado. Pero si uno todavía quiere justificar la conducta homosexual con la Biblia, tendrá que buscar otra historia porque esta nada tiene que ver. ©2009Milton Acosta

Continuará . . .


julio 11, 2009

Tan bien que íbamos [3]: Ni esclavos ni libertinos

Milton Acosta, PhD

¿Cuál es la respuesta de Pablo a la relación judaísmo-cristianismo en Galacia? Un escrito en forma de carta donde expone el problema desde el punto de vista teo-lógico: una teología bíblica con una lógica interna. Es interna en dos sentidos: el sentido de su coherencia argumentativa, y con respecto al interior del individuo y su comportamiento. La carta a los Gálatas es tanto una exposición como una invitación a pensar. Por eso la gran cantidad de preguntas retóricas.

Los tres caminos más importantes ante la aceptación del mensaje del evangelio son: 1) en un extremo está el entender el evangelio “demasiado bien” y terminar abusando de la libertad que da la gracia; 2) en el otro está el creer entenderlo y terminar practicando una religión de obras por la incomodidad existencial que produce esa insoportable sensación de no saber si hemos hecho los suficiente para agradar a Dios; y 3) en el centro está el evangelio bíblico de la gracia: Dios nos salva por que nos ama y respondemos de la misma manera. Examinemos por dónde caminamos.

Primero el libertinaje. En realidad no es posible entender “demasiado bien” el evangelio. El tema es el abuso. La libertad trae sus tentaciones naturales. El que se libera de la pobreza con un enriquecimiento repentino muy probablemente se comportará como un mafioso: desmedido en todo; se le ve a leguas que es mafioso (o que se acaba de ganar la lotería): “¡pa’ eso tengo plata!” Así, algunos cristianos convierten la libertad en libertinaje (Gal 5:13; Judas 1:4). Se puede ser esclavo tanto de las normas como del desenfreno. En ambos casos se necesita una cultura circundante de soporte: la ultra-religiosa para el primero y la secularizante para el segundo.

En el segundo camino la gente regresa a las viejas prácticas religiosas, vencido por la presión social (que ya vimos) o a la presión interior. El ser humano, incluyendo los ateos y los delincuentes, es religioso por naturaleza: tiene un deber moral y unos medios para cumplirlo; ambos bajo su control. Cuando estos se salen de su control, como ocurre con el evangelio de la gracia, siente una enorme desorientación interior. La naturaleza humana acompañada de un sub-desarrollo teológico y moral lo jalarán hacia la práctica de las obras. Para el judío del siglo primero eran las obras de la ley. Para los latinoamericanos son las buenas obras, los méritos, los puntos, la rayita en el cielo, el balance celestial. ¿Ha sentido alguna vez que Dios le debe algo o que usted le debe obras a Dios? La gravedad de este asunto radica en que quien se justifica por las obras se separa de Cristo y por tanto se cae de la gracia; cae en des-gracia. Es decir, “la gente no puede ser salva por medio de un evangelio falso.”[1]

La carta de Pablo a los Gálatas nos recuerda entonces que: 1) el evangelio es completo; la salvación se obtiene por los méritos de Cristo; no se le puede sumar ni restar nada a eso; 2) no se debe abusar de la gracia; y 3) la nueva libertad es para servir por amor. “Ser cristiano es una emancipación (Gal 5.1), ser siervo de Cristo es un honor.”[2] Pero esto tiene un costo social, un desafío moral y una inversión vital. Debemos evitar el narcisismo espiritual; cristianismo sin servicio es “espirituculturismo.”

Por todo lo anterior, es absolutamente imperioso que los maestros, los predicadores y todo practicante de la fe cristiana se aseguren de cuatro cosas: 1) entender el evangelio de la gracia; 2) predicar el evangelio de la gracia; 3) acompañar y animar a otros en la práctica del evangelio de la gracia; y 4) hacer público el error y sus promotores.

Quienes estamos dedicados al estudio y enseñanza de la Biblia vivimos una incertidumbre permanente: ¿Cuándo es una doctrina lo suficientemente peligrosa como para que uno deba decir algo? ¿Es posible decirlo sin ofender, sin que nos traten de arrogantes o intolerantes? Tanto Pablo como Jesús tomaron dos opciones: Si se predica el evangelio, ¡adelante! Pero si lo que se predica no es el evangelio hay que denunciar y advertir a los creyentes. Gálatas es un ejemplo de lo segundo. Como dijo el apóstol, “confío en el Señor que ustedes no pensarán de otra manera” (Gal 5:10). Lo falso se denuncia.

©2009Milton Acosta

[1]Wayne Grudem, "Why, When, and for What Should We Draw New Boundaries?," in Beyond the Bounds: Open Theism and the Undermining of Biblical Christianity, ed. John Piper, Justin Taylor, and Paul Kjoss Helseth (Wheaton, Illinois, EEUUA: Crossway Books, 2003), 341.

[2]Luis Alonso Schökel, Nuevo Testamento, vol. 3, Biblia Del Peregrino (Bilbao, España: Ediciones Mensajero, 1997), 426.