febrero 28, 2018

¿Tú eres de los buenos o de los malos?



Los malos somos más
Milton Acosta, PhD

“En el tiempo en que gobernaban los jueces hubo hambre en la tierra”. Así inicia el libro de Rut (1:1). Y no solo hubo hambre en ese tiempo, sino también guerras, muchas guerras. Uno se pregunta si el hambre de la familia de Elimelec no fue causada por alguna guerra.

Las guerras narradas en la primera mitad de Jueces son contra los enemigos tradicionales de Israel en Canaán; la segunda mitad narra guerras internas en las que los israelitas se matan entre ellos mismos; algo así como la historia de Colombia. En ambos casos, la violencia y las guerras de diferente índole y por diferentes razones, se vuelven normales; los problemas se solucionan matando. Recuerdo que cuando yo era niño y nos iban a llevar a cine, preguntaba si la película era “matando”; si no era así, entonces la película era mala; esas películas de Sandro... En nuestro país a nadie le produce nada saber de cinco muertos por aquí, veinte por allá. Los miles que eso suma lo sabemos en el mes de febrero del año siguiente con una nota indicando el porcentaje en que subió o bajó, como la bolsa. Eso ya pasó; este año será mejor.


Jefté es uno de varios ejemplos en la Biblia de quienes pensaron que los problemas sociales se solucionaban matando (Jue 10:6—12:7). El libro de los Jueces nos muestra esa frase que oímos todos los días: la violencia genera más violencia. Es decir los problemas sociales se deberían atacar con soluciones sociales porque el uso de la violencia lo que hace es crear la siguiente ola de violencia. Otra frase común, pero igualmente cierta es “los muertos los pone el pueblo”. ¿Cuántos hijos de ricos o presidentes, ministros, congresistas, gobernadores, alcaldes y generales mueren en nuestras guerras?

El libro de Jueces se terminó de escribir en tiempos del exilio (Jue 18:30). Es decir, han pasado varios siglos desde que Jefté sacrificó a su propia hija para agradecerle a Dios por una victoria militar. ¿Para qué recordar semejantes historias en tiempos del exilio? Podemos pensar en algunas alternativas.
El libro de Jueces muestra que el Israel antiguo, al igual que la Colombia de hoy, tiene diferentes versiones de su historia; todos se creían ser de los buenos. Esto significa que, los malos son unos y los buenos son otros, arrojando como resultado que todos son buenos y todos son malos. Por esto, el libro de los Jueces es el mejor libro para interpretar la historia de Colombia, tanto en lo historiográfico como en lo teológico y lo sociológico. De aquí saldrían muy buenas tesis en todas estas ramas del conocimiento.

Si no somos “malos” en el sentido de no haber matado a nadie, somos bastante malos para recordar la historia, lo cual nos lleva a una visión distorsionada del presente. Si bien todo conocimiento de la historia es limitado, de todos modos podemos hablar de aproximaciones. Lo más difícil es dejar las pasiones y los intereses personales a un lado. Reconocer que los malos somos más podría afectar la imagen y los privilegios de muchos. ¿Malo yo? Respete.

Jefté fue desechado por sus propios hermanos por ser hijo de una prostituta, cosa que hoy no hay que serlo para ser considerado tal. A la violencia lo llevó la persecución y el desprecio de sus propios hermanos. Pero cuando sus hermanos se vieron en dificultades para defenderse de sus enemigos, entonces lo llamaron, porque Jefté era bueno para matar. ¿Quiénes son los buenos aquí?

Igual confusión ocurre con Gedeón y sus hermanos, Sansón y los filisteos y por último entre las tribus de Israel. En este último caso, relatado en los capítulos 19 al 21 de Jueces, a un levita de la tribu de Efraín, los de la tribu de Benjamín le matan a su mujer en un hecho atroz de violación en grupo; el levita descuartiza a su mujer y manda los pedazos por todas las tribus de Israel; se arma la guerra, todo Israel contra Benjamín. Así, de un muerto pasamos a cientos de muertos. Luego los nuevos agresores se lamentan por haber casi desaparecido a Benjamín. La solución es conseguirles esposas, lo cual hacen de forma violenta y con el patrocinio de quienes casi los desaparecen. De una violación pasamos a cientos de violaciones. Es decir, para “solucionar” un feminicidio se cometieron cientos de homicidios y para “arreglar” un delito atroz se cometieron cientos de delitos atroces. De víctimas a agresores, de agresores a víctimas, nuevas víctimas... ¿Quiénes son los malos aquí? ¿Quiénes los buenos? 

Del libro de Jueces aprendemos muchas cosas, pero mencionaremos solamente tres que consideramos pertinentes para este momento: Primero, alguien puede “salvar” a Israel de algún enemigo, pero ese salvador puede ser al mismo tiempo un individuo a quien no le importa atropellar y matar al que sea con tal de cumplir con su misión. Así conserva el poder, lo que tiene y su reputación de matón, que, aunque no se diga, también es importante; así fue también el general-rey Jehú (2R 9—10). En segundo lugar, es claro que cuando la violencia se mira a la luz de la totalidad de la historia y no de los últimos años, “los malos” son todos los que han ejercido el poder y quienes los han apoyado. Quizá aquí hay una clave fundamental para la reconciliación de un pueblo. Es decir mientras no se re-conozca la historia, la polarización buenos-malos permanece. Por último, mientras la llama de la injusticia social siga calentando esta olla que llamamos sociedad, así tenga muchas válvulas de seguridad, por algún lado estalla. Los ejemplos se multiplican por todo el mundo, algunos con guerras prolongadas, otros con brotes esporádicos de violencia extrema o moderada; es diario.

Y bueno, ¿tú eres de los buenos o de los malos? Recuerda que los malos somos más. Pero quién quiere complicarse con esto, mejor vámonos para cine o a ver algo en Netflix, eso sí, nada de Sandro, por favor; que sea matando, así no pensamos en tanta violencia. ©Milton Acosta 2018.

julio 27, 2017

Llegó la subienda




Pescadores de estanque

Milton Acosta, PhD

En Colombia se ha vuelto costumbre que en vísperas de elecciones algunos candidatos acudan a las iglesias cristianas más numerosas para recibir una unción especial de parte de los ministros de dichas iglesias. El asunto se ha vuelto ya un ritual. Estos candidatos normalmente no frecuentan estos cultos porque profesan otras creencias y acuden a sus propios sitios de culto. Sin embargo, el rito se hace porque los votos de esos cristianos han llegado a ser tan importantes que al obtenerlos casi se aseguran la victoria. El fenómeno electoral se da porque, a pesar de que los cristianos en Colombia sean una minoría, su voto “disciplinado” (como lo llaman los medios) llega a ser determinante en un país donde la mayoría no vota.

Aparte de que la opinión de estos cristianos queda completamente amordazada con respecto al candidato electo, lo cual es muy grave, vale la pena considerar lo que les dice la Biblia a estos que pescan votos en las mansas aguas de las iglesias productoras de electores tipo estanque. No se necesita mucha habilidad para esta pesca. Es tan fácil que hasta aburrido les resultará.

El salmo 50 es conocido principalmente porque allí Dios le dice a su pueblo que él no come de los sacrificios que le ofrecen en el culto y que si llegara a tener hambre no se los diría, pues es creador y dueño de todos los animales. Así, lo que Dios pide no es eso, sino obediencia. Pero la parte que nos interesa del salmo 50 es la que sigue, donde Dios les habla a los que se atreven a pronunciar la palabra de Dios, cuando con sus acciones demuestran que en realidad la detestan.

Esta es la palabra para los pescadores de estanques cristianos:
¿Quién te crees tú que eres como para recitar mis mandamientos y tomar mi pacto en tus labios, si tú detestas la corrección y desechas mis palabras? Si ves a un ladrón, corres con él; los adúlteros son tus socios; eres de boca suelta para la maldad y tu lengua se dedica al engaño. Te sientas, hablas contra tu prójimo; contra tu hermano levantas calumnias.
Esto has hecho y he guardado silencio; estás convencido de que yo soy como tú. Pero te reprenderé y te acusaré en tu cara (Salmo 50:16-21; mi traducción).

Las palabras del salmo 50 les caen como anillo al dedo a los políticos pescadores de criadero y a sus ayudantes, los piscicultores eclesiásticos. Piensan que pueden tomar la palabra de Dios y usarla como atarraya para pescar, de un solo lance, grandes cantidades de creyentes incautos que no se dan cuenta de la falta de coherencia entre las palabras de estos individuos el día que son ungidos y la trayectoria de su conducta. El pescador de criadero sabe que en los estanques más grandes es donde puede asegurar una gran redada con poco esfuerzo.

La palabra de Dios es sagrada y la iglesia de Dios no es estanque de pesca como para que estos aprovechados las usen a su antojo. La situación se da porque los pescadores de estanque han identificado dos marcas en estas iglesias: una concepción teocrática del gobierno y una debilidad en la comprensión de la democracia. Es decir, los pastores de estas iglesias se ven a sí mismos como los ministros del Antiguo Testamento que ungían a los reyes. Y esto naturalmente les ayuda a elevar su prestigio.

Dados los yerros teológicos que llevan a estas prácticas, los peligros del voto inducido y la anulación de la voz profética de la iglesia, los creyentes de cada iglesia cristiana deberían tener absoluta libertad para votar por el candidato de su preferencia. Se dirá que a nadie se le obliga, pero existen formas sutiles de dirigir a los peces hacia la red, sin necesidad de armas ni explosivos, sobre todo si el estanque es el único mundo que estos peces han conocido. Lo más irónico de esta situación es que los cristianos hayan pasado de pescadores a pescados.