diciembre 11, 2007

Todo por un collar exótico (2)

Debate profético en el noticiero de la noche

©2007Milton Acosta

¿Por qué es atractivo el mensaje del falso profeta? Mucho tiene que ver con la continuidad entre la cosmovisión y expectativas de la gente y el mensaje del predicador.[1] El predicador engañador lo sabe y lo explota. Aunque, al verlos con tanta sinceridad, convicción y autoridad, queda la duda. Además uno se pregunta si los falsos maestros de la Biblia hablan a sabiendas de su falsedad y su engaño. Hay casos en los que la mentira se les ve a leguas, hay otros en los que el tiempo revela el engaño, pero hay casos en los que es difícil saber qué decir.

¿Sabía Hananías que estaba predicando falsedad? ¿Están estos personajes confundidos o son corruptores y desacreditadores conscientes del oficio de la predicación y de la fe bíblicas? Algunos textos proféticos nos ayudan a entender un poco el asunto. Si el mensaje no es bíblico, entonces estas personas hablan del engaño de sus propias mentes (Jer. 14:14; Ezeq. 13:6); Dios no los ha enviado (Jer. 14:15; 28:15; Ezeq. 13:6); hablan mensajes que no se cumplen, aunque aparenten autoridad divina. Pero, tarde o temprano estas personas terminan todas avergonzadas (Miq. 3.5–7), aunque no sin antes haber causado muchos y grandes males. Es posible que algunas de estas personas en sus comienzos hayan sido auténticos mensajeros de Dios, pero se dejaron corromper en el camino y terminaron usando los dones divinos para ganancia personal.

Sea como fuere el engaño, la evidencia bíblica, histórica y actual muestra que hay formas efectivas de engañar a la gente en nombre de Dios. Hananías apela a tres cosas: los instintos, selectos pasajes de la historia de Israel y el nacionalismo. Les dice en síntesis que el pueblo de Dios no puede ser derrotado por un pueblo pagano, que la historia así lo demuestra y que de todas maneras un exilio corto es mejor que uno largo. Hananías pone a competir el pacto de David con el pacto del Sinaí: reduce la relación con Dios al disfrute incondicional de las promesas, olvidando que pacto sin lealtad y obediencia no puede existir. Precisamente donde está el atractivo está la caída. Por eso Jeremías le dice a Hananías, es más difícil que se cumpla lo bueno que lo calamitoso (Jer 28:9).

Un autor ha llamado el recurso retórico del collar de Jeremías “locuras divinas.”[2] Pero a Hananías no le ha hecho mucha gracia. Así que tampoco puede quedarse de brazos cruzados ante las palabras irónicas y contundentes del hombre del collar. Entonces, en lo que parece ser un arrebato de emoción combinado con una gran fuerza retórica efectista, Hananías le quita a Jeremías el yugo que lleva puesto de collar y lo rompe,[3] delante de todo el mundo. Acto seguido, cual auténtico profeta de Yavé, Hananías interpreta lo que ha hecho: Así ha dicho Yavé: De esta manera romperé el yugo de Nabucodonosor rey de Babilonia, del cuello de todas las naciones, dentro de dos años (Jer 28:11). Uno casi puede escuchar la multitud prorrumpir en vivas ante noticias tan halagüeñas. Les han dicho exactamente lo que querían oír y se lo han dicho varias veces, personas que saben hablar, que usan todo el vocabulario religioso y se paran en tarimas reconocidas. Jeremías está en aprietos.

El final del v. 11 parece ser una derrota para el profeta Jeremías, ahora sin collar. Prácticamente lo dejaron sin mensaje. Dice el texto que “siguió Jeremías su camino;” se fue después de haber quedado en ridículo y sin haber podido decir una última palabra. Simplemente siguió su camino, mientras los otros celebraban.

Vale la pena hacer una breve pausa para pensar en la forma como se producen las avalanchas sociales de cualquier clase. Está demostrado que es posible la creación de tendencias y corrientes gracias tres factores: la ley de los pocos, el factor pegajoso y el poder del contexto.[4] Si un grupo pequeño de personas excepcionales logran construir un mensaje suficientemente sencillo, claro e impactante, son capaces de crear una especie de epidemia que se transmite de boca en boca, toda vez que se haga en el lugar apropiado y entre la gente apropiada. Sin decir que eso lo explica todo, es probable que sí nos ayude a entender, por lo menos en parte, lo que ha ocurrido en la historia de la humanidad y lo que está ocurriendo en América Latina en el campo religioso durante las últimas tres décadas: multitudes corriendo detrás de deslumbrantes, pero falsos profetas.

¿Ha visto a algún Hananías por ahí? ¿Hay solución para las epidemias sociales? ¿Hay prevención?

©2007Milton Acosta

[1]Jean Pierre Bastian, "De los protestantismos históricos a los pentecostalismos latinoamericanos: Análisis de una mutación religiosa," Revista Ciencias Sociales 16 (2006): 47, 53.

[2]Willie van Heerden, "Humour and the interpretation of the book of Jonah," Old Testament Essays 5, no. 1992 (1992): 90. La expresión en inglés es “holy folly.”

[3]Tal vez este yugo-collar no era del tamaño natural puesto que al profeta Eliseo, cuando cambió de oficio, la madera del yugo le alcanzó para cocinar dos bueyes y repartir carne para todo el pueblo (1 Reyes 19:21). Por mucho músculo que tuviera, es difícil imaginarse a Jeremías cargando semejante cantidad de madera.

[4]Malcom Gladwell, The tipping point: how little things can make a big difference (Boston: Little, Brown and Company, 2000), 19. Cp. W. Chan Kim and Renée Mauborgne, Blue ocean strategy: how to create uncontested market space and make the competition irrelevant (Boston: Harvard Busines School Press, 2005), 150–151.

noviembre 19, 2007

Todo por un collar exótico (1)

Debate profético en el noticiero de la noche

©2007Milton Acosta

En los tiempos del Antiguo Testamento, las dos fuentes principales de información, aparte del chisme, naturalmente, eran la puerta de la ciudad (Gen 23:10; Deut 19; Job 29:7; Prov 24:7)[1] y los sitios de culto. La puerta de la ciudad era el mejor lugar para enterarse de todo tipo de casos judiciales, algunos de ellos muy interesantes (ej. Rut 4:1–12). Por razones obvias, el templo también congregaba muchas personas. Los profetas aprovechaban la aglomeración de los fieles para predicar sus mensajes de parte de Dios. Pero pobre gente; en ocasiones había mucha confusión, pues resulta que unos profetas predicaban una cosa y otros otra contraria. Hasta llegaron a tener acalorados debates públicos frente a todo el mundo; era casi como verlos hoy en el noticiero de la noche. Uno de estos debates “en caliente,” lo tuvo el profeta Jeremías con el profeta Hananías por causa de un exótico collar que portaba Jeremías.

La historia del collar comienza en Jer 27. Allí Dios le ordena a Jeremías que se fabrique visuales de “coyundas y yugos” y se ponga uno en el cuello y envíe los demás a Edom, Moab, Tiro y Sidón. Al mensaje visual lo acompaña una interpretación que completa el mensaje de Dios: “yo soy el dueño de todo y a quien quiero lo doy; sométanse a Babilonia (por 70 años, Jer 25:11, 12; 29:10) o les irá peor; no presten atención a profetas ni adivinos, soñadores y hechiceros porque yo no los he enviado; después yo me encargaré de Babilonia.” A Judá le toca someterse a un reino pagano por no haberse sometido al divino (Jer 2:20 y 5:5).

En Jer 28 responden los profetas aludidos en el capítulo anterior. Hananías se levanta como vocero de su gremio y de Yavé, para hablar en el templo a la hora cuando están reunidos los sacerdotes y todo el pueblo. Su mensaje, a pesar de ser totalmente contrario al de Jeremías, es retóricamente bello y existencialmente atractivo:

A Así dice Yavé de los ejércitos, Dios de Israel:

B he quebrado el yugo del rey de Babilonia.

C Dentro de dos años traeré de vuelta a este lugar todos los utensilios de la Casa de Yavé que tomó Nabucodonosor, rey de Babilonia, de este lugar y que llevó a Babilonia. Y a Jeconías, hijo de Joacim, rey de Judá;

C’ y a todos los exiliados de Judá que fueron a Babilonia yo los haré volver a este lugar,

A’ oráculo de Yavé;

B’ porque yo quebraré el yugo del rey de Babilonia.

Si se analiza los detalles de este mensaje, se observará que tiene todas las características de un auténtico mensaje de Yavé: el vocabulario, las fórmulas lingüísticas proféticas, la belleza poética, el nombre del profeta (Hananías, “Yavé ha mostrado su gracia”), la contundencia de la verdad, el poder de Dios contra los enemigos de Israel; además, se pronuncia desde el templo, en nombre de Dios, en presencia de los sacerdotes, y delante de todo el pueblo. Tiene todo, o mejor dicho, casi todo. Solamente le falta algo, el respaldo de Yavé: Dios no mandó a Hananías a que dijera tales cosas. Toda la apariencia del mensaje de Hananías es la de un auténtico profeta de Dios: su nombre, sus palabras y su plataforma; pero no es un mensaje de Dios.

El pueblo tiene que escoger entre el mensaje de Hananías y el de Jeremías, dos profetas que en apariencia hablan “igual.” ¿Cómo hace la gente para discernir entre un mensaje que realmente es de Dios y otro que parece pero no es? No es fácil. Algunos se guiarán por lo que suena mejor; pocos se darán a la tarea de investigar, sopesar y decidir. El instinto, la emoción y el deseo priman sobre lo auténtico, lo verdadero y lo correcto. Hananías lo sabe y lo explota hábilmente.

Ahora le toca el turno a Jeremías. Los sacerdotes, los profetas y el pueblo escuchan ansiosos. Para ellos es como estar observando cómo se decide el futuro de su nación en un debate de TV. El profeta Jeremías toma la palabra y le responde a Hananías, en un inconfundible tono irónico, “¡Amén! Así haga Yavé; que confirme Yavé tus palabras según las que has profetizado el retorno a este lugar de los utensilios de la casa de Yavé y de todos los exiliados a Babilonia.” Si estas cosas se decidieran por instinto, emoción y deseo, le dice Jeremías a Hananías, tú ganas, tienes toda la razón. Quién no quisiera que se devolvieran los objetos de culto, que se restaurara el culto “con todas las de la ley” y que el exilio fuera corto. Eso lo queremos todos, dice Jeremías. De modo pues que la cuestión no es si Hananías habla más bonito que Jeremías. El asunto es qué es lo que Dios ha dicho. Por mucho que la presión del público arrecie, el mensaje de la Palabra del Señor no se podrá decidir ni por voto ni por gusto.
©2007Milton Acosta

[1]Roland de Vaux, Ancient Israel: Its Life and Institutions, trans. John McHugh (Grand Rapids and Livonia, MI: Eerdmans and Dove Booksellers, 1997), 152–155. Véase también Robert L. Hubbard, Jr., "The Go'el in Ancient Israel: Theological Reflections on an Israelite Institution," Bulletin for Biblical Research 1 (1991): 14–16.

noviembre 03, 2007

"Maldito el día en que yo nací" (2)

“Maldito el día en que yo nací”

Creatividad literaria en Jeremías (2)

©2007Milton Acosta

De las palabras inspiradoras de Jeremías 1 llegamos a un aparente rechazo de ese hermoso llamado en el capítulo 20. Es difícil imaginarse un contraste más extremo en el uso de la palabra vientre. Con el recurso literario de la inclusión, el texto va de vientre a vientre, ¡y de qué manera! Algunas consideraciones generales y otras específicas nos pueden ayudar a digerir estos textos sobre el vientre.

a) A partir de Jer 11:8 inician las llamadas “confesiones/lamentos de Jeremías.” Se han reconocido seis (11:18–12:6; 15:10–21; 17:12–18; 18:18–23; 20:7–13; y 20:14–18). Contrario a lo que uno pudiera imaginarse, existe la posibilidad que al expresar estos lamentos, en conjunto, Jeremías “sentía que la respuesta del Señor a las confesiones renovaba el sentido” de su llamado “y por lo tanto tenía un impacto directo en su mensaje.”[1]

b) Jeremías no sufre solo. Su dolor es el dolor del pueblo. El profeta sufre porque reconocía “su inescapable obligación de proclamar el juicio que se acercaba.”[2] Su dolor no es del tipo “me quiero morir” porque se me daño el peinado. Tampoco es “qué desgracia la vida mía” porque no me salió el negocio.

c) Las coincidencias entre Jer 20 y Job 3 sugieren que se trata de un lenguaje convencional que simultáneamente expresa el sentimiento de quien lo dice, y es también un oráculo de juicio. Nótese que Jeremías aquí no expresa un deseo de morir ni proclama sobre sí maldición: “el día fue maldito por su nacimiento y el hombre fue maldito por dar el anuncio de su nacimiento.” [3] Es común que los creyentes busquen bendiciones en tiempos de crisis. Jeremías, en cambio, asume la crisis como algo que a él le toca vivir junto con su pueblo.

d) Las desesperadas palabras del final de Jer 20 hay que leerlas en el capítulo 20, especialmente con los vv. 7–18. No se trata de si era posible que el profeta tuviera sentimientos suicidas y si lo podemos explicar desde la psicología para concluir “¿por qué no?” o “Jeremías, yo te comprendo.” Nuestra tarea es entender qué es lo que dice el texto, visto desde el lugar que ocupa en el libro.

e) La angustia del profeta es real;[4] pero, ¿cómo se conecta eso con su llamado? ¿es posible unir la lucha interna del profeta con el contenido de su mensaje? Al final del capítulo 20 aparece la última de las confesiones/lamentaciones de Jeremías. Observamos una estructura quiástica (de espejo) así: Inicia con quejas (7–10), sigue el centro con un canto de fe y confianza (11–13) y termina con quejas (14–18). Visto así, el centro de este último lamento no es la desesperanza. No negamos el sentimiento del profeta. Afirmamos que por medio de este recurso literario, el autor logra dos propósitos. Por un lado da rienda suelta al sentimiento, pero literariamente no pone la desesperanza en el centro, sino la esperanza. No tenemos que corregir el texto pensando que esas palabras de confianza (7–18) deben estar al final del capítulo, ni tampoco pensar que la sección (Jer 1–20) termina “mal.” En conjunto, la sección termina con un sentimiento de renovación.

Así pues, lo que para una lectura literal y racionalista sería un escándalo y un sin sentido, desde el punto de vista literario se trata de un acto comunicativo rico y distinto. Es decir, la manera más productiva de leer un texto bíblico es leerlo según su forma literaria y en su lugar. Las palabras desesperanzadas de Jeremías forman parte de la gran sección de los capítulos 1–20. Visto el final del capítulo 20 a la luz del 1, concluimos que el profeta reconoce que Dios entiende las cosas mejor que él porque lo llamó desde el vientre. Es decir, da la impresión que Jeremías no entiende del todo su propio sufrimiento.[5] ¿Quién lo entiende?

El sentimiento del profeta es real, pero la última palabra está en que Dios lo llamó (Jer 1) y en que Dios ha sido fiel en su vida; por lo tanto puede tener seguridad y puede cantar (20:11–13). Es la mejor forma de reconciliar Jer 1 con Jer 20 y no terminar con un profeta esquizofrénico. El mismo que escribió o dictó lo uno también concibió lo otro. Una cosa es la carta de un suicida y otra el género literario de lamento en la Biblia.

La teología no se hace de versículos aislados absolutizados para todos los tiempos y todos los creyentes. La teología se hace de toda la Biblia, respetando la integridad del texto: su naturaleza y género literario y su lugar en el canon. Hacer menos es una violación de las normas elementales de la crítica literaria y un irrespeto a la palabra de Dios. Una lectura plana del texto puede distorsionar el mensaje bíblico. En este caso, no se trata de decir que “a pesar de expresar la confianza, todavía termina diciendo que mejor hubiera sido no vivir.” La palabra final no es esa, sino la totalidad, que incluye Jer 1 y el centro de la última lamentación (20:11–13).
©2007Milton Acosta

[1]P. C. Craigie, Jeremiah 1-25, Word Biblical Commentary, vol. 26 (Dallas: Word, 1992), 173.

[2]Ibid.

[3]Ibid., 278.

[4]Para una elocuente descripción véase, Gerhard von Rad, Teología del Antiguo Testamento, II. Teología de las Tradiciones Proféticas de Israel, trad. Fernando Carlos Vevia Romero (Salamanca: Ediciones Sígueme, 1990), 255–257.

[5]Jack Lundblom, "Jeremiah," en Anchor Bible Dictionary, ed. David Noel Freedman (New York: Doubleday, 1992).

octubre 17, 2007

"Maldito el día en que yo nací"

“Maldito el día en que yo nací”

Creatividad literaria en Jeremías (1)

©2007Milton Acosta

Cuando uno es nuevo predicador bíblico, empieza con una mezcla de emoción y temor. En esas, comete varios errores. Uno de los más comunes es la sinceridad con la que busca hacer que el texto bíblico sea interesante. El problema no es la sinceridad, sino el punto de partida: el texto no es interesante; tengo que inventar algo para que lo sea. Arturo Piedra dice que las generaciones actuales de evangélicos no están más en condiciones de soportar un culto poco lúdico o ‘aburrido.’”[1] Tiene razón, pero debemos cuidarnos de reescribir el texto para “mejorar la Biblia” y así quedar nosotros bien.

Los estudios bíblicos de las últimas cinco décadas han demostrado hasta la saciedad que los escritores bíblicos eran escritores profesionales y muy pulidos. Por lo tanto, produjeron textos altamente estilizados, especialmente escritos para el disfrute auditivo. No necesitamos mejorarlos.

Jeremías es el más extenso de los libros proféticos. Ha sido un dolor de cabeza para los intérpretes porque combina prosa con poesía, porque no tiene un orden cronológico, y porque es difícil discernir una secuencia temática. Tanto es así que un autor ha dicho que Jeremías es un libro con mucha acción, pero sin dirección.[2] Sin embargo, el libro sí tiene un orden. En Jeremías se puede apreciar la creatividad al servicio del mensaje tanto en su forma oral como en la forma escrita del libro que lleva su nombre. Veamos un par de casos.

Las primeras palabras del libro son: “palabras de Jeremías;” y las últimas palabras son exactamente las mismas, “hasta aquí las palabras de Jeremías,” en 51:64.[3] En literatura, eso se llama inclusión. La inclusión es un marcador editorial que se usa en unidades grandes o pequeñas de texto para cerrar y para conectar con el comienzo.[4] Muchos ejemplos más podrían citarse, pero, basta mencionar tres: Deut 1:1–5 y 28:69, Rut 1 y 2 Reyes 5. Nada de esto ocurre por casualidad; se trata más bien de la forma de escribir de los hebreos antiguos. Estas cosas se descubrieron hace mucho tiempo, pero no fueron difundidas porque la academia, desde la Ilustración se interesó más en descuartizar el texto por medio de los modelos histórico-críticos que por respetar y entender la integridad del texto como un acto comunicativo rico en recursos retóricos y estilísticos. ¿Qué hace la inclusión? Como hemos dicho, le indica al lector o al oyente que se ha llegado al final de algo. Además lo invita a leer lo que hay dentro de la inclusión como un todo que tiene sentido. Uno se pregunta si la gente se aguantaría una lectura de 51 capítulos de una sola sentada en el exilio. Un autor sugiere que no se debe descartar del todo, si suponemos precisamente la situación de exilio.[5]

El segundo caso importante de inclusión está en los capítulos 1–20. 1:5 dice: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones.” Pero, al final del capítulo 20 dice: Maldito el día en que nací; el día en que mi madre me dio a luz no sea bendito. Maldito el hombre que dio nuevas a mi padre, diciendo: Hijo varón te ha nacido, haciéndole alegrarse así mucho. Y sea el tal hombre como las ciudades que asoló Jehová, y no se arrepintió; oiga gritos de mañana, y voces a mediodía, porque no me mató en el vientre, y mi madre me hubiera sido mi sepulcro, y su vientre embarazado para siempre. ¿Para qué salí del vientre? ¿Para ver trabajo y dolor, y que mis días se gastasen en afrenta?”

Si uno es escéptico en estas cosas, se pregunta si acaso no se está imponiendo al texto estructuras que no existen. Eso es posible y de hecho se hace. En este caso estamos en terreno más seguro porque el comienzo del cap.1 y el final del 20 son los únicos dos lugares donde aparece la palabra “vientre” (~x,r,) en todo el libro de Jeremías. Además, al final del cap. 20 terminan las confesiones de Jeremías, con la última y la más violenta de todas.[6] ¿Cómo puede un mismo libro decir “Dios me escogió desde el vientre” y luego decir “maldito el día en el que salí del vientre” y “maldito el que dijo “señores, nació varón”?

¿No le parecen problemáticos estos textos? Los sicólogos y siquiatras han hecho plata explicando al Jeremías del cap. 20; y los predicadores inescrupulosos haciendo promesas al garete con el del uno; pero han ignorado lo más importante, la cuestión literaria. Continuará...

©2007Milton Acosta

[1]Arturo Piedra, "Lo nuevo en la realidad del protestantismo latinoamericano," en ¿Hacia dónde va el protestantismo?, ed. Sidney Rooy Arturo Piedra, H. Fernando Bullón (Buenos Aires: Kairós, 2003), 20.

[2]Willem A. VanGemeren, Interpreting the Prophetic Word (Grand Rapids: Zondervan, 1990), 291–293.

[3]El capítulo final repite el final del libro de Reyes.

[4]Jack R. Lundbom, Jeremiah: A study in ancient Hebrew rhetoric (Winona Lake, Indiana, EE.UU.A.: Eisenbrauns, 1997), 29–30.

[5]Ibid., 41.

[6]Luis Alonso Schokel, J. L. Sicre Díaz, Profetas I, 2da ed. (Madrid: Ediciones Cristiandad, 1987), 507. Es cierto que hay otra referencia a la vida de Jeremías (15:10), pero no menciona el vientre: “¡Ay de mí, madre mía, que me engendraste hombre de contienda y hombre de discordia para toda la tierra! Nunca he dado ni tomado en préstamo, y todos me maldicen.”