diciembre 10, 2009

En esta Navidad, ¡tomémonos un trago!

Escoja su asiento

Milton Acosta, PhD

La idea de sentarse en un trono puede resultar atractiva hasta para el más humilde de los cristianos. De hecho, Jesús les dijo a sus discípulos: “en la renovación de todas las cosas, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono glorioso, ustedes que me han seguido se sentarán también en doce tronos para gobernar a las doce tribus de Israel” (Mt 19:28). Leído literalmente, esto crea por lo menos dos problemas: en primer lugar, nos deja de pie al resto de los cristianos, pues la silla que Judas dejó vacante se la dieron a Matías (Hch 1:15–26); y en segundo lugar, Pedro y Juan corren el peligro de quedar mal cuando dijeron que los cristianos son “real sacerdocio” (1P 2:9; Apoc 1:6).

Toda madre desea lo mejor para sus hijos. Las madres de los discípulos de Jesús no eran diferentes. Por eso, una de ellas le ruega a Jesús que siente a sus dos hijos junto a él, uno a la derecha y otro a la izquierda (Mt 20: 20–28). ¡Y no pide las poltronas porque Jesús fuera carpintero! Ante la petición, uno se pregunta si es que esta señora no oyó lo que Jesús había dicho, o no creyó, o no entendió. ¿Qué razón hay para pedir asientos si ya Jesús les había garantizado una silla real para cada uno? Parece ser que el tema es la ubicación de los tronos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Jesús le dice a la madre de los dos discípulos que ese asunto se resuelve con un trago. Aparentemente lo que hacen los borrachos no es del todo una mala metodología cuando, por todo lo que pasa, dicen “esto merece un trago”. Pero para Jesús no se trata de un trago de borracho buscando a toda hora una excusa para empinar el codo. Se trata de un trago amargo, de la copa que Jesús va a beber. Además, la decisión sobre la ubicación de las sillas a los lados del trono ya el Padre la tomó.

Espero que a estas alturas de la lectura el lector se haya confundido. Si no lo está, es porque no ha entendido, porque el asunto es confuso. La madre de los discípulos está confundida; sus hijos también; ¿cómo no lo vamos a estar nosotros? El problema es de incompetencia lingüística y teológica revuelto con ambición nacionalista. Es un peligroso coctel.

El problema consiste en leer literalmente lo figurado y figuradamente lo literal. Tal parece que ocurre aquí un uso metafórico del lenguaje por parte de Jesús, como respuesta a una petición literal (sentarse a la derecha y a la izquierda) que ha hecho la madre de los dos discípulos por haber tomado literalmente el lenguaje figurado de Jesús (los doce tronos). Jesús usa un lenguaje figurado (reyes, brindis de victoria y de celebración) para hablar de su muerte literal. ¿Quién puede entender eso en la Palestina del siglo primero?

Lo que Jesús dice entonces es que para poder sentarse en los tronos y tener las llaves del reino (ser autoridad de la iglesia—Mt 16:17–20), primero hay que tomarse un trago (aceptar la muerte de Jesús como parte de su mesiazgo). Como esta fue la parte más difícil para los discípulos aceptar, Jesús le dice a la políticamente aventajada madre “No saben lo que están pidiendo”; y luego le pregunta “¿Pueden acaso beber el trago amargo de la copa que yo voy a beber?”

La doña está convencida que Jesús es el Mesías, el que ella esperaba. Ese es su problema y el de sus hijos. Probablemente no fue del todo idea de la mamá. En los tronos se sientan los poderosos. Jesús les dice a los discípulos que ellos primero tienen que renunciar a la forma como el mundo entiende la grandeza (tomarse el trago de la crucifixión del Mesías), para poder ser los pastores y sacerdotes de la iglesia (sentarse en los doce tronos). De esta forma, no tenemos necesidad de andar peleando por asientos, pues habrá suficientes tronos para todos los cristianos sin que tengamos que hacer quedar mal ni a Pedro, ni a Juan, ni a Jesús.

Entonces, el que hoy se sienta literalmente en un trono majestuoso, no puede ser el pastor de la iglesia, porque está tomando literalmente para la iglesia un símbolo del poder terrenal por no haberse tomado el trago que se tomó Jesús. Y ya Jesús a esto respondió: no saben ni entienden. Así las cosas, todo cristiano, cuando se sienta dominado por la ambición de poder, y de la utilización de la fuerza y de artimañas para llevar a cabo la obra de Dios, debe decir con Jesús: ¡Esto merece un trago! Yo le recomiendo que se lo tome. ©2009Milton Acosta

¡Feliz Navidad 2009!

noviembre 30, 2009

¡No Seas tan Bocón!

La alegría de ver a otro caer

Milton Acosta, PhD

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define el vocablo “bocón”, en su segunda acepción, como la persona “que habla mucho y echa bravatas.” Es decir, por vía de la figura retórica conocida como metonimia, se toma el efecto por la causa y se traslada la cantidad de palabras al tamaño de la boca. Nada tiene que ver una cosa con la otra, pues cualquier individuo de boca técnicamente pequeña, entenderá que si le dicen “bocón”, no será por su foto de Facebook.

Eso mismo debió de entender Edom cuando el profeta Abdías le dijo: “No seas tan bocón” (v.12c). Pero, las versiones de la Biblia toman la boca grande de la que habla Abdías como “arrogancia”. Es decir, los traductores determinaron que el engrandecimiento de la boca se refería a la arrogancia. O sea que realizaron el trabajo inverso del escritor sagrado y deshicieron así la poesía.

El escritor sagrado expresa lo que vio, pero en este caso no le puso nombre de pecado. Vio gente que por su arrogancia estaban hablando más de la cuenta y les dijo “bocones”. Es decir, al escuchar su cascada de palabras, seguramente percibió la arrogancia, pero se centró en la boca.[1] Y bueno, en últimas la boca del arrogante se mueve bastante, y con frecuencia se acompaña de ciertos ademanes y de cierta forma de caminar. Pero la referencia no es a la velocidad del movimiento de la boca ni al número de palabras por minuto. Sería una metáfora muy complicada si uno quisiera incluir timbre, tono, velocidad, aire, vibración de las cuerdas vocales, desplazamiento de la lengua, fricción y paso de aire entre dientes, paladar y labios. Lo mejor en este caso es sencillamente llamarlo “boca engrandecida”, lo cual traducido a un buen castellano es “bocón”; no hay duda.

Los traductores de la Biblia, entonces, no vieron la boca sino la arrogancia. Pero con la pérdida de la boca hay una pérdida en el impacto visual y retórico del texto sagrado. Es decir, es más ofensivo decirle a alguien bocón que arrogante. Arrogante es palabra de gente inofensiva. Haga la prueba y verá. Pero tenga cuidado, podría ser peligroso; lo podrían dejar a usted sin dientes y sin quién sabe qué más. No hay mucha gente dispuesta a participar en estos experimentos retóricos metonímicos.

Pero bueno, a todas estas, ¿cuál es la ocasión para que a Edom le dijeran bocón? Algo muy sencillo: le causó gracia la desgracia de otro. Como un niño que se ríe cuando su amiguito se cae de la bicicleta, Edom se gozó con la destrucción de Jerusalén.

Nuestros prejuicios contra el Antiguo Testamento nos obligarían a pensar que en Abdías se debe celebrar la desgracia de otro porque en el AT “la gente es muy primitiva”, mientras que en el Nuevo Testamento debería de ocurrir lo opuesto porque “ya la fe de los judíos es más sofisticada”. Pero comparando Abdías con Apocalipsis 18, parece que la cuestión fuera al revés, pues en el primero se prohíbe alegrarse del mal ajeno y en el segundo se recomienda.

¿Cuál es la diferencia entre los edomitas reprendidos por celebrar la caída de Judá y los cristianos incitados a celebrar la caída de Roma? La diferencia es muy sutil; tan sutil que es imperceptible al ojo y al oído humanos. Es la diferencia entre alegrarse por la destrucción de la maldad y simplemente alegrarse por la destrucción de otro. Por eso los cristianos nos alegramos de la caída de los imperios opresores y de quienes encarnan la maldad, y simultáneamente celebramos la conversión de los malos de su maldad.

Es decir, una cosa es alegrarse del mal ajeno y otra cosa alegrarse de la justicia, del triunfo del bien sobre el mal. Esa es la diferencia. Piénselo y verá que no es lo mismo; en el corazón no es lo mismo. La presencia del Espíritu marca la diferencia interior. Por eso los edomitas en Abdías son bocones, pero el apóstol Juan en Apocalipsis no. Así, un seguidor de Jesucristo y otro que no lo es pueden alegrarse del mismo hecho, pero de forma distinta. Nos tocará decidir si conviene hacer la fiesta juntos. A propósito, ¿cómo es su boca?©2009Milton Acosta


[1]Puede ser “cosa del hebreo”, pero note que otros textos sí hablan directamente de la altanería y la arrogancia, cuyo opuesto es la humildad (p.ej. Sof 3:11–12).

noviembre 10, 2009

Pentecostalismos de Poder

Power Pentecostalisms

Los invito a leer uno de mis artículos publicado en Christianity Today (inglés) y en la página web de Logoi (español):


Versión original en inglés:

noviembre 04, 2009

¿Deus Confusus? [3]


La nación en la oración


Milton Acosta, PhD

... Continuación de “¿Deus Confusus? [2]”

El símbolo del cristianismo no es la bandera de Israel ni la Menorah; es la cruz. En el Nuevo Testamento, una de las pruebas más importantes de que los discípulos de Jesús han entendido el evangelio y se han convertido de verdad es que, ante la persecución, su oración nada tiene que ver con Sión, ni con la defensa del templo. Es decir, al cristiano no le queda ni regular reemplazar estos pelos teológicos ya caídos con pelucas y peluquines nacionalistas, bíblicamente mohosos.

El cristiano puede querer su nación y sentirse orgulloso de ella, dentro de los límites sanos. Lo que no puede hacer a partir de Jesús, a menos que sufra de esquizofrenia teológica, es mezclar fe cristiana con nacionalismo, como muchos cristianos en la historia tristemente han hecho. El cristianismo que oramos, creemos y vivimos debe ser reconocido por Cristo.

Por lo tanto, pretender perpetuar la historia y la teología bíblicas indiscriminadamente y sin diferenciar entre un antes y un después de Cristo es peor que simplemente negar la progresión de la revelación en la historia; es negar a Cristo. Dios no cambia, pero Cristo sí cambia las cosas de forma radical. Trabajo que le costó a Jesús y al Espíritu hacerle entender estas cosas a los judíos, como para que vengamos nosotros ahora a deshacerlas por defender gobernantes actuales. ¡No faltaba más!

La oración de los cristianos perseguidos después de la ascensión del Señor (Hechos 4:23–31) es muy parecida a la oración del rey Ezequías: 1) reconocimiento de Dios como creador; 2) afirmación de su soberanía en la historia y sobre la tierra; 3) reconocimiento de las amenazas; y 4) una petición. Pero al notar la fórmula de esta oración, no debemos perder de vista la teología que formula la oración. La oración es el acto de la fe, que como ningún otro, de-muestra la esencia de la teología del orante, tanto la que se verbaliza como la que se hace en el pensamiento.

La petición tiene dos partes: que Dios mire las amenazas y que el nombre de Dios sea conocido por medio de la continuación de la misión de la iglesia. El elemento nacionalista territorial violento está completamente ausente. Esto fue lo que significó para ellos morir a sí mismos y resucitar para Cristo. ¿Qué les ha ocurrido? La clave está en un Salmo, dos evangelios y una epístola.

Sión y su templo son, desde la monarquía, símbolos de la presencia de Dios en Israel y de su cuidado. Por eso el Salmo 48 dice: si quiere “ver” a Dios, mire al templo en Sión, su belleza, sus muros, su majestuosidad. Era prácticamente impensable la fe sin Jerusalén.

En una ocasión (Mt 24:1–2; Lc 21:5–6), al salir Jesús del templo, los discípulos se le acercan y lo invitan a contemplar la belleza del templo, como si acabaran de leer el Salmo 48. Sus comentarios son perfectamente normales y apropiados dentro de la cosmovisión y teología de un judío del siglo primero. Pero la respuesta de Jesús es desconcertante: “todo esto será destruido; quedará arrasado.” Esto no es una mera crítica; Jesús con estas palabras les ha incendiado la bandera nacional, pues junto con la Ley de Moisés y algunos ritos, el templo es el símbolo más importante de la fe judía.

En la Epístola a los Hebreos la invitación es a “mirar a Jesús”, no el templo; no a acercarse al monte Sión, sino a “la Jerusalén celestial”, a millares de ángeles, a una asamblea gozosa, a la iglesia, a Dios, a Jesús, el mediador de un nuevo pacto (Heb 12:2, 22–24). Todo ese vocabulario del AT se remite a Jesús y a su iglesia. Allí es donde hay que acercarse y allí es donde hay que mirar.

La oración de los cristianos no implica que Dios deje de juzgar la maldad o que los estados pierdan el derecho a defender su territorio o a ejercer autoridad internamente. El tema es que 1) el reino de Dios no se establece por medios violentos; y 2) hoy no hay un país equivalente al Israel del Antiguo Testamento. Si no lo reclamaron Jesús ni los apóstoles para la provincia de Judá en su época, cuánto menos hoy. Lo que se oraba en otro tiempo para Israel se ora hoy para la iglesia. Eso es lo que hace el Nuevo Testamento. Las naciones siguen siendo parte del plan de Dios, pero todas por igual. Así, la oración de los discípulos en Hechos 4 es un gran monumento a la teología cristiana donde se muestra con absoluta claridad la esencia del evangelio después de Jesucristo y según Jesucristo.©2009Milton Acosta