julio 09, 2007

Se Vende Ministro

Entrega inmediata al mejor postor

©2007Milton Acosta

Cuando en Israel no había rey, y cada quien hacía lo que le venía en gana, ocurrió la siguiente historia relatada en Jueces 17–18. Esta historia es posterior a los relatos de los jueces propiamente dichos. La historia añade más de lo mismo, lo cual hace subir al libro hacia un climax literario, mientras Israel moral y socialmente sigue vertiginosamente en la otra dirección, hacia abajo.

Una señora que vivía en las montañas centrales de Israel tenía un hijo llamado Micaías (“quién como Yavé”). A la señora le robaron toda una fortuna, mil cien siclos de plata (¿administradora del dinero en la casa? ¿no tenía marido?); ella, como era lógico en la época, maldijo al ladrón (¿tenía sus sospechas?). Tiempo después, el ladrón confesó y devolvió el dinero. Había sido el mismo hijo. “¡Qué familia esta!” diría uno, pero los ladrones intrafamiliares abundan, hasta en las mejores familias.

La señora, feliz con la noticia, bendijo a su hijo (¿para deshacer la maldición?) y consagró la plata a Yavé: decidió fabricar un ídolo a Yavé con parte de la plata y ¡se lo regaló a su hijo! Y, como santuario sin sacerdote no puede funcionar, entonces Micaías consagró a uno de sus propios hijos como sacerdote; sin importarle el orden sacerdotal estipulado en la Ley. De esto, dice el autor de Jueces, no se sorprenda porque “en aquel tiempo no había rey en Israel y cada quien hacía lo que le bien le parecía” (17:6).

Apareció por ahí un levita que venía de Belén. Este sí era de linaje sacerdotal y andaba buscando chamba, pues engrosaba la lista de los ministros desempleados en ese tiempo. Conociendo a Micaías, uno se imagina que se encontraron la olla y la tapa: Micaías quita a su hijo y pone al levita como su nuevo sacerdote. Le dice: quédate en mi casa, serás para mí un padre y sacerdote, te pagaré diez siclos de plata al año más ropa y comida. Una oferta irresistible, la cual el joven levita aceptó y fue para Micaías como un hijo. Micaías ahora siente que no le falta nada y que tiene asegurado el favor de Dios, pues tiene plata, sacerdote levita, ídolo y santuario (17:10–13). Qué más le podía pedir a la vida. De esto, dice el autor de Jueces nuevamente, no debemos sorprendernos porque “en aquel tiempo no había rey en Israel”… (18:1).

No sólo había levitas buscando dónde tener mejor vida, sino también una tribu entera, Dan. Casualmente, cinco espías de estos llegan cerca de la casa de Micaías y oyen el acento del levita y saben que no es de allí. Después de una breve entrevista, el levita aprueba sus intenciones de tomarse algunos territorios cercanos, lo cual hacen, convencidos de que Yavé está con el levita y con ellos.

Los danitas son 600. Los cinco espías cuentan a sus compañeros los datos del levita y pensaron y actuaron igual que Micaías. Hacen sus cálculos: si son 600 y tienen armas de guerra, no necesitan dialogar ni negociar con Micaías. Sólo tienen que tomarse los objetos del santuario de Micaías y hacerle una oferta al levita. Lo invitan a ser padre y sacerdote con una oferta irresistible para el levita: “Prefieres ser sacerdote de toda una tribu de Israel o sólo de la casa de un hombre?” Sabiendo como sabemos qué es lo que le interesa a este ministro de Dios desde el comienzo, no cabe duda que aceptaría la propuesta con gran alegría. Si con una pequeña congregación ganaba lo suficiente para vivir dignamente, ahora con 600 (sin contar mujeres y niños) tendría el futuro asegurado por generaciones. El levita, ni corto ni perezoso, ahora se roba el santuario completo de Micaías y se va a su nuevo ministerio (18:18–20). Micaías no lo pidió, pero como había otros que pensaban como él, en cierta manera “los invitó.”

El Micaías que habíamos visto como “el malo,” ahora es “pobrecito.” Los danitas no lo dejan ni hablar. Tuvo el coraje de ir a reclamarles cuando se le llevaron a su dios y a su ministro; los danitas primero le preguntan qué le pasa y luego lo mandan a callar. Es como si le dijeran: “¿no eres tú igual de ladrón que este levita y tienes la misma teología pragmática que nosotros? ¿qué te pasa?”

Si el ministro toma sus decisiones basado en cantidades de personas y en mayores ingresos, está reflejando de quién es ministro: del poder, la fama y el dinero, no de Dios. Cuando el libro de Jueces dice que “no había rey en Israel y cada quien hacía lo que bien le parecía,” no está diciendo que la monarquía es la solución (1 Samuel 12:24–25), como han dicho muchos académicos; lo que está diciendo es que quien debe reinar en Israel, es decir, Dios, no reina. Detrás de la espiritualidad y el exuberante lenguaje de dar “más gloria a Dios” pueden esconderse los deseos más egoístas y pecaminosos. ¿Se puede imaginar al levita contando su “testimonio” de cómo Dios lo había prosperado?

La iglesia evangélica en America Latina enfrenta una crisis de enormes proporciones. Con frecuencia, las iglesias se multiplican gracias al espíritu de independencia y de grandeza que reina. Hay una competencia por el que tenga más. Más de un ministro ha decidido “abrirse” cuando ve que tiene “más posibilidades” si se independiza. Parecieran llevar colgado un letrero: “Se vende ministro, ¿quién da más?”

©2007Milton Acosta

1 comentario:

Aaron M.R dijo...

De repente si le atinas a lo que se esta viviendo hoy en dia; bendiciónes Milton.