febrero 26, 2015

Si tuviera hambre no te lo diría

Si tuviera hambre no te lo diría

Qué me cuenta del culto y la ética
Milton Acosta Benítez, PhD

El Salmo 50 dice que Dios no come; que no come de los sacrificios que Israel le ofrece. Y añade, con tono irónico, “Si tuviera hambre, no te lo diría, pues mía es la tierra y todo lo que hay en ella” (v. 12).[1] El salmo dice eso porque la gente piensa que Dios sólo está interesado en los sacrificios que le ofrecen los creyentes. Por eso, Israel y Judá en muchos momentos de su historia llegaron a desobedecer a Dios en todo, menos en los sacrificios (v. 8). Pensaron: “Dios con barriga llena, tendrá el corazón contento. Si culto es lo que quiere, culto le daremos.”

El problema no son los sacrificios en sí, sino creer que eso es todo lo que cuenta en la relación de Dios con su pueblo. El segundo problema es la forma de hablar, tener siempre en la boca versículos bíblicos (v. 16). Pero, al tiempo que ofrecen los sacrificios y citan la Biblia, participan de adulterios, robos, engaños, murmuraciones, infamias y males sin cuenta (vv. 18-20). Por eso Dios les pregunta, “esto haces ¿y me voy a quedar callado? ¿crees que soy como tú?” (v. 21); he aquí el tercer problema.

A la luz de lo anterior, nos parece que una mejor traducción para la palabra todah (תוֹדָה) en los vv. 14 y 23 no es “gratitud” o “alabanza”, sino “confesión”, la cual está dentro del campo semántico del término. De hecho, en la larga historia de la lengua hebrea, el sentido de confesión del término parece ser exclusivamente bíblico.[2] Así pues, el problema no es de alabanza o de gratitud, sino de reconocer que se ha actuado mal. El creyente está más presto y dispuesto a cantar que a confesar. Por eso es más fácil hacer culto, ceremonias y celebraciones que obedecer a Dios en la cotidianidad. Este problema, propio de todos los creyentes, es el que señala el Salmo 50.

En resumidas cuentas, este problema es natural y es teológico; lo que muestra que hay cosas que pueden ser naturales, pero no por eso están bien. A los seres humanos nos es natural hacer el mal, ver las cosas de manera distorsionada y todavía pensar que todo está bien. La tarea de este salmo, y de la palabra de Dios en general, es hacernos ver eso, porque de cuenta nuestra no podríamos.

Si a esto que es torcido, pero natural, le sumamos predicadores que lo refuerzan, pidiéndole a la gente que den y hagan cosas para Dios, pero pasando por ellos, entonces tenemos la unión del hambre con la comida. No tendrá que esforzarse mucho en ganar adeptos el dueño de un micrófono que invita a ofrecer sacrificios a Dios, a hacer más cultos y a cantar. Pero cuesta arriba es la tarea de quien predica que Dios no come de sus sacrificios, que exhorta a la confesión de pecados y que le dice a la gente que deje de ser hipócrita. Así pasa porque detestamos la disciplina (v. 17)

Hablando de otra cosa, la supervivencia del Salmo 50 muestra lo contrario de lo que dicen los revisionistas, pues a pesar de contener la perspectiva de los perdedores, de no ser popular y de tener el menor número de seguidores, sobrevivió. ¡Buen provecho!©2015Milton Acosta

[1]Las traducciones del texto hebreo son todas del autor. Num 28:2 Dios le dice a Moisés que la ofrenda que el pueblo de Israel le presenta es “mi comida”. Num 28:8 dice que esa ofrenda quemada con fuego es “de aroma grato al Señor.” En las instrucciones para los sacrificios de la pascua dice que “es un alimento que consiste en una ofrenda presentada por fuego, de aroma grato al Señor” (Num 28:24). Suponemos que se tomaron en serio algunas metáforas de la Escritura.
[2]Como lo traduce la Biblia del Peregrino. Véase Luis Alonso Schökel, Diccionario bíblico hebreo-español (Madrid: Trotta, 1994), 793–794. Véase también Judit Targarona Borrás, Diccionario hebreo/español: bíblico, rabínico, medieval, moderno (Barcelona: Riopiedras, 1995), 1350.

octubre 25, 2014

Qué le habrá visto

Milton Acosta Benítez, PhD 

La contundencia retórica del llamado de Dios a Jeremías se presenta como algo inapelable;

Antes de formarte en el vientre, te conocía;
antes de salir de la matriz, te había consagrado;
profeta para las naciones te nombré (Jer 1:5).

Hemos conservado la sintaxis hebrea en nuestra traducción para hacer posible la percepción del arte literario. Sin embargo, aunque divina la retórica, poco cala en los oídos de un hombre que de entrada podríamos describir como inseguro de sí mismo. Pero antes de juzgarlo, hay que escucharlo. Jeremías esgrime dos argumentos con los cuales intenta escabullírsele al llamado de Dios; uno es específicamente válido en su cultura, “soy muy joven”; y el otro en cualquier parte del mundo, “no sé hablar.” En el mundo bíblico se hablaba por orden de edad, empezando por los más viejos (Job 32:4-5); como nos decían cuando éramos niños, “primero los mayores”. Así que Jeremías concluye que no lo dejarían hablar, y si lograra hacerlo, nadie le prestaría atención porque es joven. Peor todavía, el asunto es que aunque violara las normas culturales, de nada le serviría porque no sabe hablar.
Las objeciones de Jeremías tienen sentido; no parecen totalmente subjetivas. El problema es teológico; con sus objeciones está afirmando que Dios se ha equivocado de candidato, a lo cual responderíamos que no puede ser; el equivocado debe ser Jeremías. Aquí vale la pena recordar que no estamos leyendo un tratado de teología sistemática, sino una conversación entre dos personas, uno de los cuales es Dios.
Dejando a un lado por un momento el tema de quién es el que está equivocado, el texto es de por sí extraordinario. Un llamado de Dios, que mínimo está en la categoría de orden incuestionable, se convierte en un diálogo, en una discusión, en un desacuerdo (Jer 1:6-8). Jeremías le ha dicho a Dios, “No estoy de acuerdo con lo que estás pensando conmigo; no me parece bien.” Es imposible pensar en un Dios más tolerante y comprensivo que este. ¿Con qué Dios puede uno darse el lujo de estar en desacuerdo, decírselo y seguir con vida?
Pero bueno, la respuesta de Jeremías al llamado divino es como decir, no me regalen libros que no se leer; no me den bolígrafos que no se escribir; para qué me regalan un auto si no sé conducir. La reacción de quien escucha esto no se hace esperar, ¡pues hombre, aprenda!
De todas maneras, no deja de ser llamativo que Dios se fije en un individuo así para hacerlo predicador. Según el relato, la aceptación cultural, la fluidez verbal y la autoconfianza no son requisitos para que alguien sea objeto del llamado divino a predicar. En otras palabras, si preguntáramos, como se pregunta uno cuando una mujer bonita se fija en un hombre que no lo es tanto (o viceversa), “¿qué le habrá visto?”, la respuesta es, nada; Dios no le vio nada a Jeremías, lo vio a él.

Aunque no supiéramos en qué termina la conversación de Jeremías con Dios, el hecho en sí deja un mensaje por lo que revela de Dios y de su forma de elegir a un mensajero. Es posible hablar con Dios de tú a tú. No quiere decir que toda conversación con Dios sea siempre así; el caso es que ocurre, y su registro en el libro de Jeremías nos invita a recordar que las Sagradas Escrituras nos revelan a Dios. El otro asunto es que a la hora de la elección de un candidato para comunicar el mensaje de Dios, parece importar más el tiempo y la situación que el individuo y su condición. Jeremías no es el único, ni el primero, ni el último mensajero de Dios que empieza joven y sin saber hablar. Y como muestra el resto del libro, el haber empezado no significa que será fácil; el tema sigue en discusión.©2014Milton Acosta

octubre 15, 2014

El ausente

Milton Acosta Benítez, PhD

Las cartas de Pablo son instructivas no sólo por lo que dicen, sino también por lo que hacen. Pablo es para los tesalonicenses un pastor ausente, pero no es indiferente ni desentendido. Los pastorea desde la distancia, por correo y por medio de emisarios. Las cartas que les escribe son una muestra de su labor pastoral, una tarea que el apóstol asumió con generosidad a pesar de la adversidad. Miremos brevemente 1Ts 3.


La necesidad del cuidado pastoral

Notamos en este capítulo dos razones fundamentales por las cuales la iglesia necesita instrucción y cuidado pastoral: primero, porque el tentador puede inducirlos al mal (v. 5); y segundo, porque la fe tiene un contenido que es necesario saber (v. 10); para no ser engañados, ya que hay gente que por negocio o por ignorancia, distorsiona el evangelio.


El resultado

Este capítulo respira hermandad y cariño por todas partes. Es posible entresacar de allí por lo menos cuatro resultados del cuidado pastoral. Primero, relaciones fraternales duraderas entre los creyentes y de los creyentes con su pastor (vv. 6, 11-12); segundo, la firmeza de los creyentes en medio de la tentación y la distorsión del evangelio (vv. 8, 13); tercero, la salud espiritual del pastor cuando éste sufre padecimientos (vv. 7-10); y por último, la formación de la siguiente generación de pastores en la tarea de afianzar y animar a los creyentes (vv. 2, 5-6). Los dos capítulos anteriores de esta carta describen el fundamento de esta relación y los dos siguientes desarrollan con más detalle las instrucciones dadas aquí en el cap. 3.


Las circunstancias

Una pregunta que todo creyente debe hacerse es quién es su pastor y quiénes sus hermanos. Eso es relativamente fácil de determinar. Pastor y hermano es aquel que se preocupa por tu bienestar en presencia o en ausencia tuya o de ellos. Es decir, alguien con quien te ves regularmente y que cuando no se ven se escriben o se llaman; lo mismo que con los amigos y la familia. Si tu pastor no hace eso; si te ausentas y nadie se da cuenta, entonces no tienes pastor, nadie te cuida. De este mismo modo, el pastor sabrá quiénes son realmente sus ovejas, observando qué personas son objeto de su cuidado en presencia o en ausencia.

El pastor podrá decir “sabes que estaba ausente y mi amor no ha cambiado” (como canta Joe Arroyo en “El ausente”), pero el silencio lo dice todo. La ausencia acompañada de desatención es la prueba de que el pastor no pastorea. Algunos dirán “pero es que el Señor es mi pastor, nada me faltará”; bien, indiscutible; eso es verdad. Pero pregúntese para qué puso Dios a los pastores y ministros en la iglesia; no fue para que les dijeran a los creyentes “el Señor es tu pastor, que te pastoree él”. Si eso fuera así, hasta la Biblia sobraría.


Reflexión


La invitación de esta reflexión no es a la crítica inmisericorde contra los pastores. Tampoco se trata de hacer el experimento de perdernos de la iglesia para ver si alguien se da cuenta, como el que subió al edificio más alto para ver cómo se veía la ciudad sin él. Más bien, esta carta invita a los pastores, los líderes y los creyentes en las iglesias a preguntarse qué es ser iglesia, qué significa ser una comunidad cristiana, y a ser autocríticos, con el fin de determinar si nuestros modelos de iglesia conservan un carácter bíblico, o si se han convertido en clubes sociales, sistemas piramidales, espectáculos públicos o estructuras empresariales. El criterio: “tienen muchas ganas de vernos, como nosotros a ustedes” (v. 6).©2014Milton Acosta